— Buenos días. — Jethro miró de mí a Eleanor mientras se levantaba respetuosamente de la mesa donde él y Nila esperaban. Sus ojos color ámbar se entrecerraron y la señal reveladora de que estaba escuchando con un sentido diferente a sus oídos insinuó que estaba a punto de ganar la apuesta antes de que nos hubiéramos sentado.
Sin embargo, con una sonrisa de complicidad, Jethro regresó a su asiento y mostro con su mano la elegantemente y gran extensión de comida que esperaba ser devorada. — Por favor únanse a nosotros. Asumo que ustedes dos durmieron bien. —Sonrió antes de que pudiera limpiarse la cara de nuevo a la cortesía.
No podía engañarme.
Habíamos pasado por demasiadas pruebas, errores y confesiones para ocultar su don.
Dándole una reverencia burlona, sonreí. — Parece que la luz del día te ha recordado tus modales, Hawk. — Guiando a Eleanor a la mesa, extendí su silla y esperé hasta que se sentara antes de sentarme a su lado.
Nila puso los ojos en blanco y me respondió en nombre de su marido. — Kite olvidó mantener sus barreras anoche. Escuchó cosas que no eran suyas para escuchar. —
Jethro se rio entre dientes. — Nila tiene toda la razón. Les debo una disculpa. Especialmente a ti, Eleanor. No me conoces y espero no haber causado una primera impresión tan mala. —
Eleanor negó con la cabeza, su hermoso cabello chocolate formaba una cascada oscura contra el color blanco de su jersey. — Para nada. Espero que esté bien, pero Sully mencionó un poco de su... ¿experiencia? —
— Enfermedad, más bien. — Jethro tomó la mano de Nila sentada sobre la mesa. — Hasta que llegó Nila, por supuesto.—
Nila sonrió suavemente antes de recordar sus deberes de anfitriona. — Por favor, acomódese. Su personal de seguridad nos advirtió que son vegetarianos, así que me aseguré de que toda nuestra comida de esta mañana sea comestible para todos. Nuestros huevos son criados con gallinas libres que básicamente administran esta finca, y la leche es de nuestro almendro. —
Incliné mi cabeza. — Eso es muy considerado. —
— Para nada. He estado aprendiendo de esta forma de vida para mi misma últimamente. — Nila se estremeció. — He visto a nuestro guardabosques despellejar conejos y ciervos, y tengo que decir que me da náuseas después de verlos viviendo felices en nuestro bosque antes de terminar muertos en nuestros platos. —
Jethro hizo una mueca, dándose cuenta de la verdad detrás de la admisión de Nila. Aclarándose la garganta, miró a Eleanor. — ¿Tuvieron una agradable velada? ¿La habitación no tuvo demasiadas corrientes de aire mientras ustedes, eh... se rascron la picazón que ambos estaban sufriendo mientras bailaban anoche? —
Eleanor se atragantó con un sorbo de jugo de naranja.
Nila le dio un manotazo a su marido.
Solo me reí. — En lugar de llegar a tus propias conclusiones de lo que hicimos anoche, te lo puedo contar con detalles explícitos. Nunca podrás adivinar. —
— Oh, no es necesario. — Jethro se rio entre dientes. — Tengo una respuesta bastante coherente con solo mirarlos a ustedes dos. —
— Vamos a ponerlo a prueba, ¿de acuerdo? — Junte mis manos sobre la mesa, mirándolo con atención. — Por los viejos tiempos. —
— No me gustaban tus pruebas en ese entonces y no me interesan ahora. — Hawk frunció el ceño. — Pensaría que estabas escribiendo un libro sobre mi condición... —
— Lo hice, de hecho. Escribí todos tus síntomas, los que compartiste conmigo, especialmente en esos primeros días, y le pregunté a mi científico principal, Peter Beck, si había una manera de distanciarte de las transmisiones emocionales de los demás. —
— ¿Y? — Jethro se aclaró la garganta. — ¿Encontraste algo, o simplemente formulaste esa droga abismal que le diste a mi padre para apagarme por completo? —
Me recosté, sintiendo la culpa por eso.
Eleanor me dio una mirada rápida, sintiendo la desagradable historia y mi papel en ella.
— Él me mintió. — Me encogí de hombros. — Dijo que te autolesionabas porque ya no podías hacerle frente. Intenté llamarte... —
— Me autolesionaba porque me había enamorado de Nila y no podía descifrar su amor por un monstruo como yo y el odio que mi padre sentía por ella. Me estaban separando en pedazos. No podía oírme para pensar en la maldad de mi familia y la pureza de la mujer de la que me había enamorado. —
Nila interrumpió suavemente. — ¿Es esto realmente una charla para el desayuno? — Lanzando a Eleanor una sonrisa de disculpa, agregó, — Jethro no estaba, eh, bueno cuando nos encontramos por primera vez. Él- —
— La lastimé imperdonablemente, — espetó Jethro, mirando el collar de diamantes que brillaba alrededor del cuello de Nila. La gargantilla se veía deslumbrante anoche con su vestido de fiesta, pero aquí, mientras vestía una simple camisa color crema y jeans, empapaba la mesa con arcoíris llenos de riqueza y deudas de antaño.
— Al final todo salió bien, — dije. — Sabes que no traté intencionalmente de separarlos. —
— ¿Tu que? — Preguntó Eleanor, con las cejas arqueadas. —¿Se separaron por una droga que hiciste? —
— No. — Jethro negó con la cabeza. — Asumo toda la culpa. La envié lejos para protegerla. Mi padre me amenazó, como de costumbre, y me dio unas pastillas que dijo que ayudarían. Ahogaron cada parte de mí y solo dejaron al hijo que mi padre quería. Causó luchas entre Nila y yo. —
— Pero lo saqué de allí antes de que fuera demasiado tarde, —dijo Nila en voz baja. — Y no ha tomado otra droga desde entonces. —
— Y es por eso que tendrás que dejar que te evalúe algún día, — murmuré. — Entonces sabré cómo ayudar a otras HSP. —
— Diles que se enamoren de alguien que los respalde. — Jethro se pasó la mano por el cabello color sal y pimienta. — Eso es todo. — Su tensión se desvaneció cuando trajo la conversación hacia mí y Eleanor en lugar de él y Nila. — Y no creas que no sé que cambiaste de tema para no revelar los detalles de tu ocupada noche. No es un comportamiento muy de un invitado, Sullivan. — Entrecerró los ojos, estudiándome, luego a Eleanor. — ¿Bondage? Algo que ver con atar a tu esposa... —
— Oh, Dios mío. — Balbuceó Eleanor. — ¿Cómo diablos podrías saber eso? —
— Ugh, es incorregible. — Nila puso los ojos en blanco y le pasó a Eleanor un plato de champiñones portobello asados. —Ignóralo. Eso es lo que yo hago. —
— No, tu no lo haces. Tú complaces todos mis caprichos. Es por eso que soy demasiado libre con mis 'habilidades' en estos días. —
— Sí, bueno, Kes está empezando a mostrar signos, y si ve a su padre actuando como un adivino gitano, creerá que es normal andar diciéndole a la gente sus propios pensamientos.—
Jethro se encogió de hombros. — Me escondí toda mi vida y mira lo jodido que estaba. Si él es como yo, no quiero que tenga que esconderse. Quiero que sepa que no es necesario. —
Nila suspiró, el amor verdadero brillaba en su mirada oscura. — Estoy de acuerdo. Es difícil de explicar cuando corre hacia la cocinera y le dice que tiene sobrepeso porque todavía está de duelo por la muerte de su gato desde hace dos años. —
Sully intervino. — ¿Estás diciendo que tu hijo ha heredado los rasgos de Jethro? —
Nila suspiró y pasó un plato de espinacas marchitas en aceite de oliva y sal marina. — No estoy segura. Algunos días, te juro que es exactamente como Jet. Otros, creo que fue solo una suposición afortunada. Es un niño bullicioso normal, pero también hay un oyente silencioso dentro de él. —
Jethro se sirvió una baguette con mantequilla. — Nos ocuparemos de eso si él es como yo. Al menos Emma es normal.—
— Lo normal no significa nada en estos días, — dije, tomando un espresso con mucho cuerpo que uno de los empleados del salón había colocado frente a mí. — No creo que exista algo normal. Si lo hay, no he encontrado ninguno en mi línea de trabajo. —
— ¿Como va el trabajo? — Preguntó Jethro. — ¿Algún nuevo avance en la medicina moderna? —
— Siempre. Si la población está dispuesta a aceptarlo o no, es otra cuestión. —
— ¿Cómo te sientes con las drogas que sabes que funcionarán cuando no puedes superar todos los trámites burocráticos? — Preguntó Jethro.
Dejé mi taza de café. — Tengo mis formas de introducirlo en el mercado. —
Un chillido sonó, presagiando dos pequeños ciclones que se precipitaron hacia el salón. Un niño y una niña, réplicas perfectas de sus aristocráticos padres. Su apariencia exterior estaba elegantemente vestida, pero sus gritos de alegría mientras jugaban a la persecución alrededor de la mesa insinuaban que estaban locos de energía y libertad.
Crecer en un castillo gigante como Hawksridge cultivaría una descendencia ferozmente independiente y completa.
Emma se estrelló contra el costado de su madre, con la boca abierta para tomar aire mientras se subía al regazo de Nila, pateando a su hermano mientras él intentaba hacerle cosquillas. — No. A salvo. ¡A salvo! —
Kes, el mayor de los dos, se rio y tiró de su cabello suavemente. — Ningún lugar es seguro. ¡Tramposa! —
Jethro lo recogió por la mitad y lo colocó en su propio regazo. — Saluda a nuestros amigos. Sullivan y Eleanor. —
Kes se sonrojó cuando vio mi mirada y luego la de Jinx. Se calmó inquietantemente rápido en el abrazo de su padre, casi como si pudiera sentir los crímenes que había cometido en el pasado y el tipo de hombre que había sido antes de que Eleanor me cambiara para mejor.
Lentamente, asintió. — Hola. —
La forma en que miraba con tanta dedicación y conocimiento insinuaba que había heredado el don de Jethro, después de todo. Solo el tiempo diría hasta qué punto.
— Hola, — dije. — ¿Te diviertes jugando a la llevas ? —
— No a la llevas. — Sacudió la cabeza de manera importante. — A la caza. Ella es la liebre. Yo soy el sabueso. —
— Las liebres son más rápidas que los sabuesos. — Sonreí.
Emma aplaudió. — ¡Yay! —
— Sí, pero los sabuesos pueden olfatear cosas, — Kes replicó.
— Las liebres pueden boxear y patear. — Sonreí mientras el hijo de Jethro se masticaba el labio superior, digiriendo tales cosas.
— Em no me pateará fuerte. Ella no se atrevería. —
Emma se liberó del abrazo de Nila y salió disparada del salón.
— ¡Adióooos! —
— ¡Oye! — Kes saltó del regazo de Jethro y galopó tras ella, dejando un despertar de silencio mientras sus pesadas pisadas se desvanecían por los interminables pasillos.
— Son adorables. — Eleanor sonrió. — ¿Solo tienen los dos? — Nila asintió. — Sí. Dos es todo lo que podemos manejar. Lo siento, son pequeños paganos. Esperaba que el baile de anoche los hubiera cansado, pero son un montón de energía. No se calmarán hasta que los llevemos a dar un paseo. —
— Pueden unirse a nosotros si quieren, — dijo Jethro en voz baja. — Tengo caballos que pueden tomar prestados. —
Miré a Eleanor. Para mí, montar a caballo no era interesante; sin embargo, si ella quería, haría lo que me pidiera. Al ver mi ceja levantada, negó con la cabeza.
— Estoy feliz con solo mirar. — Eleanor asintió. — Gracias, sin embargo. —
— Y además, tienen que tomar un avión. — Jethro se rio entre dientes. — He estado tratando de adivinar a dónde van, pero no lo he podido precisar. Tropical, sin duda. Ambos detestan el frío. —
— ¿Cómo lo hiciste...? — Eleanor frunció el ceño. — ¿Cómo lo sabes? ¿Como funciona? —
Nila volvió a poner los ojos en blanco mientras apuñalaba una fresa rojo sangre con el tenedor, esperando a que Jethro iluminara a Jinx. — Continúa, también podrías derramar todo, ahora que has hecho un espectáculo de ti mismo. —
Jethro se rio entre dientes. — Pretendes estar enojada conmigo pero no puedes mentir que estás disfrutando de la franqueza de esta conversación, Needle. Que tienes cuidado de compartir demasiado, pero estás agradecida de que Sully haya estado allí desde el principio y no vas a juzgar. —
Nila asintió, inclinándose para apretar la mano de Jethro. —Estas en lo correcto como siempre. —
Compartiendo un momento íntimo con su esposa, Jethro bajó la mirada antes de sentarse y mirar a Eleanor a los ojos. — En respuesta a tu pregunta, en realidad no es algo que pueda explicar. Solo lo se. Te miro y siento frío. Eso no es porque tenga frío, sino porque supongo que tú lo tienes. Estoy sentado en mi propia casa donde estoy feliz y contento, sin embargo, de repente tengo un anhelo de viajes y mares turquesas. Dos cosas que nunca me han interesado en lo más mínimo. Cuando era más joven, confundía esos sentimientos con los míos. Me alimentaba de las emociones de la crueldad porque eso fue en lo que me criaron y lo que creía que salía de mi propio corazón. Pero puedo mantener los dos separados ahora. Ya no necesito adormecer la sensación de tener que viajar, o agarrar otro jersey para protegerme del frío porque ese no soy yo. Eres tu.— Él rio en voz baja. — También siento un hilo de cansancio por las indulgencias de lo que hiciste anoche. — Levantó la mano y agregó, — Oh, y también hay una vena de vergüenza, así que, sea lo que sea lo que hiciste, fue lo suficientemente juguetón como para hacerte sonrojar en mi compañía. —
Las mejillas de Eleanor ardieron. — Tu esposa tiene razón. Suenas como un adivino gitano. —
— Supongo que si mi empresa de diamantes fracasa, podría ganarme el sustento de esa manera. — Jethro se rio.
Me reí entre dientes, apretando la rodilla de Eleanor debajo de la mesa. — Creo que gané nuestra apuesta, Jinx. —
Eleanor entrecerró los ojos. — En palabras de Kes Hawk... tramposo. —
— No hice trampa. Solo tenía información privilegiada. — Me reí. — Pero aun así voy a hacerte pagar. —
Eleanor se sonrojó aún más. — No estoy hablando de los pagos con orgasmos en la mesa del desayuno. —
Jethro se echó a reír.
Nila se rio y amablemente cambió de tema. — ¿Ustedes tienen hijos? —
Eleanor se frotó la mejilla en llamas, agradecida por el cambio de tema. — No. No tenemos. Y, por favor, no digas el políticamente correcto ‘Oh, lo siento.’ No lo estés. Es una elección personal. —
— Una decisión conjunta. — Apreté la rodilla de Eleanor de nuevo. — Actualmente tenemos más de cuatrocientos rescates bajo nuestra protección y cada semana llegan más. Ahí es donde está nuestro corazón. Con los abusados, los no deseados y los desamparados. —
— Me encanta eso. — Nila sonrió. — Tienes la oportunidad de nutrir algo que lo necesita desesperadamente. —
Eleanor asintió. — Dame cualquier tipo de criatura, y tengo una necesidad insoportable de cuidarla, acurrucarla y protegerla. Pero dame un hijo y no sé qué hacer con él. — Ella se rio gentilmente. — No soy maternal con mi propia especie.—
Nila le devolvió la risa a Eleanor. — Lo entiendo completamente, especialmente ahora que soy madre, puedo decir con seguridad que a veces miro a los animales salvajes y creo que se portan mucho mejor que mis propios hijos. Aunque me vuelven loca, los amo con todo lo que soy. —
Mi mente se volvió hacia adentro, recordando la conversación que Eleanor y yo habíamos compartido dos años después de nuestro matrimonio. Ni una sola vez, en todos mis años, había querido tener un hijo propio. ¿Por qué diablos querría sumarle a la raza humana ya superpoblada cuando no podía soportarnos como especie? Mi legado y mi fortuna ya habían sido dejados a los refugios y a mis propias organizaciones benéficas de rescate personal, por lo que no necesitaba un heredero para heredar.
Nunca se me había ocurrido tener la conversación sobre niños con mi esposa.
Nuestro mundo era perfecto. No faltaba nada.
Pero fue Cal quien me había dicho que al menos debería preguntarle a Eleanor. Que no era normal que una pareja no discutiera la elección de criar o no.
Habían necesitado algunas noches para reunir el valor. ¿Y si Eleanor quería tener hijos? ¿Dónde nos dejaba eso? La idea de ponerla en riesgo con un embarazo? ¿De verla sufrir? Despreciaba la idea de aquello. Pero me había obligado a preguntar en una velada particularmente romántica en nuestra terraza con vistas a Nirvana. Un par de guacamayos estaban parados juguetones en una palmera sobre nuestras cabezas, dándome una señal para hacer una pregunta preocupante.
Me volví hacia Jinx, me tragué el miedo y pregunté, — ¿Quieres hijos, Eleanor? —
Ella se había congelado.
Nuestra tranquilidad y somnolencia de una deliciosa cena se desvaneció cuando ella salió disparada de su tumbona y se paseó frente a mí. Pasando las manos por su cabello, se lamió los labios y me hizo esperar unos agonizantes minutos.
Había intentado leerla.
Traté de averiguar qué significaba el pánico en su rostro. ¿Los quería desesperadamente y no tenía el coraje de decírmelo? ¿Me odiaba por no haber preguntado antes?
— ¿Tu quieres hijos? — ella había respondido, retorciéndose las manos, sus ojos grises oscurecidos por la preocupación.
— Te pregunté primero. — Me senté, uniendo mis manos entre mis piernas mientras balanceaba mis pies en la cubierta. —¿Sí o no? —
Tragó saliva fuertemente, obligándose a ser sincera. Sus hombros se tensaron mientras soltaba, — No hace falta decir que quiero que seas feliz, y si quieres tener hijos, entonces... supongo que podemos discutir opciones como la adopción o... no lo sé. — Ella tomó una respiración temblorosa. — Pero si soy honesta acerca de lo que quiero, no tengo ningún interés en mis propios hijos. Ninguno. Nop. Nunca. — Se quedó temblando, esperando a que yo me pusiera de pie y caminara descalzo hacia ella.
Tomando su mejilla, acaricié su nariz con la mía. — Bueno, malditas gracias por eso. —
Casi se hizo un charco de alivio a mis pies. — ¿Estás diciendo que tú tampoco los quieres? —
— Ni en un millón de años. —
— ¿Así que estás bien, solo con nosotros? —
— Estoy bien contigo. — La besé fuertemente. — Estoy bien con nuestros rescates y nuestros animales y nuestra familia tal como está con Pika, Skittles, Cal y Jess. — La besé más profundamente. — Estoy más que bien. Estoy tan jodidamente feliz y todo es gracias a ti. Eres perfecta y no necesito ni quiero nada más. —
Ella me devolvió el beso, temblando mientras me rodeaba los hombros con los brazos. — Te amo, Sully. Me encanta que seamos iguales en todas las formas en que importa. Nuestros animales son nuestros hijos. Con plumas, pelaje, escamas y todo lo demás. —
Esa noche tuvimos sexo que duró hasta el amanecer. Reafirmando nuestros votos. Reconociendo que no teníamos huecos que debían llenarse o lamentarnos por no haber hablado.
Elegimos mantenernos comprometidos a nosotros. A nuestras criaturas. A nuestra maravillosa e idílica vida juntos.
Si eso era egoísta, ¿entonces que demonios importaba? Creía que al no tener hijos, estábamos ayudando al mundo con un ser humano menos en casa.
Jethro interrumpió mis cavilaciones con su mirada de complicidad. Bebí un sorbo de mi vaso de agua y le devolví la mirada. — Deja de leerme. —
— Pero eres tan interesante. — Sonrió mientras masticaba un trozo de tomate cocido. — Realmente fascinante. Eres tan inquebrantable. — Dejó el tenedor. — Cuando nos conocimos, eras igualmente firme, solo que... de una manera mucho más oscura. —
— ¿Cómo es eso? — Eleanor intervino.
Le lancé una mirada. — Quiere decir por lo que solía hacer. —
—Antes de. Antes de que comenzaras tu negocio paralelo no relacionado con productos farmacéuticos. —
Me quedé helado. — ¿Sabías sobre eso? —
Jethro se encogió de hombros. — Sabía que estabas haciendo algo ilegal y no te sentías mal por ello. No sé exactamente lo que estabas haciendo, porque nuestras conversaciones eran siempre por teléfono, y no lo siento tanto solo con la voz de alguien, pero estaba consciente, casi hasta el día de hoy, de hecho, en que tus pensamientos no estaban tan... enojados. Habías encontrado una salida hacia el odio que sentías hacia la gente. —
Eleanor se tensó mientras asentía lentamente. — Tienes razón. Encontré una salida al usar las reglas que los humanos establecieron para el bienestar de los animales en su contra. Y también tienes razón en que ayudó a la injusticia en mi mente. Pero no era moralmente aceptable, y Eleanor me ayudó a darme cuenta de que no podía seguir explotando a ninguna criatura viviente. —
Jethro levantó su copa en un brindis. — A nuestro mutuo crecimiento personal gracias a nuestras mujeres. —
— Salud, salud. — Choqué mi vaso con el suyo.
Se hizo un agradable silencio, un bienvenido respiro para llenar los platos con deliciosos alimentos caseros y disfrutar de un nutritivo desayuno.
Los niños Hawk regresaron corriendo a mitad de nuestra comida. Emma tenía un ratón muerto en la mano y Kes tenía un halcón en equilibrio sobre su antebrazo con el plumaje alborotado y las alas extendidas contra el caos de estar atado a un niño.
Jethro bajó inmediatamente su cuchillo y tenedor, indicándole a Kes que le trajera el halcón. — ¿Subiste a las caballerizas sin permiso, Kes? —
El niño se encogió cuando pasó a su padre el ave de caza. —No ha volado hoy. Supuse- —
— Sabes que debes esperar por mi. —
— Lo sé. — Pateó la alfombra. — Pero ustedes se están demorando tanto. —
Nila se dio unas palmaditas en la boca con la servilleta y se puso de pie elegantemente fuera de la mesa. — Viendo que se interrumpe el desayuno, ¿te gustaría ver un baile aéreo? —
Dejé a un lado mi plato y me puse en pie. Hice lo mejor que pude para no concentrarme en la cuerda alrededor del pie del pájaro o en el hecho de que estaba cautivo. Podía tener una buena vida con los Hawks. Podía ser alimentado y mantenido a salvo, pero al final del día, no era libre de volar a donde quisiera.
Me dieron ganas de agarrar el pájaro y cortar la correa, pero hice una bola con las manos y me guardé mis opiniones sobre la propiedad de los animales. Nunca consideraría atar a Pika o Skittles. Pasaban tiempo con nosotros por su propia voluntad, no porque se vieran obligados a hacerlo.
— Suena interesante, — dijo Eleanor, sus ojos también clavados en la cuerda alrededor de la pata del pájaro. — Lidera el camino. —
Jethro pasó rozando a mi lado, sus ojos en los míos, sabiendo muy bien mi desaprobación mientras sostenía el halcón en alto.
En una ordenada fila, todos los adultos y niños siguieron a Jethro desde la antigua sala que se avecinaba hacia el agua del sol inglés. No había calor en la luz. No había humedad en el cielo.
Mi piel picaba por ambos, y la necesidad de irme se amplificó, especialmente cuando Eleanor se aplastó contra mi costado y murmuró, — ¿Soy solo yo, o esa correa en el ave te está volviendo loco? —
Respiré profundamente. — Y es por eso que te amo, Eleanor Sinclair. — No pude evitarlo. Tenía que besarla, así que lo hice.
La besé a plena vista de Jethro y Nila Hawk mientras sus dos hijos discutían sobre quién arrojaría el ratón muerto.
Al menos el ratón estaba muerto.
No habría podido controlarme si hubiera estado vivo y enfrentado la tortura de ser arrojado a las garras de un cazador.
Con otra mirada cautelosa en mi dirección, Jethro ordenó a Emma que lanzara el ratón tan alto como pudiera. Al mismo tiempo, levantó el brazo en picada, impulsando al halcón con sus plumas leonadas hacia el cielo.
El pájaro chilló y se disparó tras el misil de ratón, arrebatándolo del cielo en un abrir y cerrar de ojos.
Nila abrazó a Emma, agachándose en cuclillas para ver al pájaro volar alto y rodear la propiedad. Hubiera sido una exhibición impresionante si una correa no estuviera siguiendo al pájaro, su grillete listo para atarlo de regreso a la tierra siempre presente.
— Maldita sea. — Jethro resopló a mi lado. — Eres un verdadero dolor de cabeza. —
Me puse rígido, mirando a mi amigo. — ¿Qué? ¿Por qué soy un...? —
— Sabes por qué. — Pellizcándose el puente de la nariz, se alejó pisando fuerte. — Nila, volveré. Diez minutos. — Antes de que ella aceptara, Jethro echó a correr, masticando el césped bien cuidado a toda prisa, dirigiéndose hacia los establos de piedra en la distancia.
— ¿Qué fue eso? — Preguntó Nila, dejando a Emma para vigilar el halcón y viniendo a mi lado.
— Ni idea. — Envolví mi brazo alrededor de Eleanor. — Todo lo que puedo decir es que te casaste con un hombre extraño. —
— Para. — Eleanor clavó su codo en mi costado. — ¿No es obvio? — Ella resopló como si yo fuera estúpido. — Has puesto sentimientos en su corazón... sobre el pájaro. Solo puedo adivinar cuánto te está volviendo loco... lo que, a su vez, lo ha vuelto loco a él. — Ella miró al pájaro que se arremolinaba sobre nuestras cabezas.
— Oh, Dios mío, se ha ido a las caballerizas. — Nila entrecerró los ojos al sol detrás de su marido.
— ¿Hay más pájaros como el que está encima de nosotros? — Pregunté, inclinando mi cabeza para seguir el camino diseñado para el depredador alado.
— Hay siete más o menos, creo. Cernícalos y halcones. Incluso un águila pescadora. —
Esperamos en silencio mientras Jethro desaparecía en la distancia. La culpa se apoderó de mí por lo que fuera que mi amigo había sentido. No había querido pensar en el cuidado de sus animales como insatisfactorio. No quería que pensara que lo juzgaba por atrapar pájaros... aunque lo hacía.
Eleanor tenía razón.
Soy un amigo de mierda.
— Iré tras él. Pediré disculpas. — Desenredé mi brazo de alrededor de Eleanor. — Vuelvo enseguida. —
— Espera. — Eleanor tomó mi mano, mirando al cielo.
Nila jadeó y los dos niños soltaron un grito y un chillido.
En el telón de fondo del cielo azul y el sol dorado volaron seis elegantes pájaros, cortando a través del aire tan sigiloso y silencioso como la muerte.
El trueno de los cascos sonó debajo de ellos, una bestia negra galopando con un hombre en su lomo.
Nadie habló mientras Jethro detuvo su caballo y saltó mientras estaba todavía moviéndose, trotando un poco con ímpetu antes de detenerse al lado de su esposa.
Me miró con amargura antes de señalar al caballo negro que estaba parado con la cola ladeada y las fosas nasales ensanchadas. No tenía tachuelas. Sin bridas, sin silla de montar, al lado de su amo por su propia voluntad.
— Esto es aceptable para ti, ¿verdad? — Murmuró Jethro. —Alas quiere estar aquí por su propia voluntad. ¿Estás bien con ese nivel de propiedad? —
Luché contra una sonrisa, sabiendo a dónde iba esto. Resultó que su don seguía siendo una maldición de alguna manera. Pero hoy, beneficiaría a siete almas, así que estaba de acuerdo con eso. Asentí con la cabeza, cruzando los brazos. — Sí, porque eso no es propiedad, eso es amistad. —
Alas resopló, sacudiendo la cabeza antes de acariciar a los niños y apartarlos del camino y elegir dónde estaban para masticar la hierba.
Nila se rio y acaricio a la brillante criatura, su atención todavía en los pájaros girando sobre nosotros, sin irse como si supieran que no estaba permitido a menos que se les diera una señal.
Sosteniendo mi mirada, Jethro sacó un par de tijeras dañadas de granero del bolsillo de sus pantalones y levantó el brazo.
Él silbó.
Una ráfaga de plumas mientras los pájaros caían sobre él. Solo uno se encaramó a la vez y el resto salió disparado hacia el cielo. Jethro me miró con el ceño fruncido, agarró la correa que colgaba de un cernícalo y la soltó. Dejó el anillo de metal con los detalles de identificación, pero arrojó la cuerda de cuero al césped antes de levantar el brazo y disparar al pájaro hacia el cielo.
Repitió el proceso seis veces más.
Un silbido, un pájaro, una tijera, un lanzamiento hasta que las ataduras desechadas parecían serpientes muertas en la hierba. Solo una vez que cada uno estuvo libre, volvió a silbar, este largo y penetrante. La señal para cazar.
Las aves se dispersaron y desaparecieron, volando en todas direcciones, sin correa, sin pertenencia, solo libertad absoluta.
Jethro resopló y volvió a guardarse las tijeras en el bolsillo. —Gracias a ti, ya no puedo mantenerlos atados en las caballerizas. Tú y tus fuertes opiniones sobre el bienestar animal son un ariete para alguien como yo, Sinclair. —
Me reí. — No quería que liberaras a todo tu rebaño. —
— No, no lo querías. Pero estás en lo correcto. No es justo para ellos. Si eligen vivir en las caballerizas y volver, está bien. Pero si se van, deberían estar protegidos por mi identificación y pueden seguir con sus vidas. —
Extendí mi mano, esperando hasta que él pusiera la suya dentro de la mía. — Eres un buen hombre, Hawk. —
Sacudió la cabeza, su ceño todavía estaba presente. — No, no lo soy. Pero estoy tratando de serlo. —
Rompiéndose un poco, tomó a Emma y la colocó sobre su cadera antes de agarrar la mano de su hijo. — Vamos a caminar. — Se inclinó en dirección a Eleanor antes de levantar la barbilla hacia mí. — Me debes eso después de hacerme liberar a mis preciados cazadores. —
— Bien. — Sonreí. — Pero luego tenemos que tomar un avión.—
— Oh, sí, la necesidad de perseguir el calor y la humedad. Es un zumbido constante dentro de ti, Sullivan. Debe ser agotador ser tú. — Igualaba mi sonrisa. — Bien, sí. Un paseo y luego eres libre de irte. Libre para regresar a tus islas. —
— En ese caso, una caminata sería genial. — Tomé la mano de Eleanor y dejé que él me guiara.
Seguimos el paso detrás de Jethro, dirigiéndonos hacia el bosque y los huertos.
Cuatro adultos.
Dos niños.
Y un caballo negro, siguiéndolo como amigo porque quería.
***

No hay comentarios:
Publicar un comentario