Todo estaba blanco dejándome ciega.
Todo desapareció.
La necesidad.
El calor.
El hambre.
Vista, oído, olfato, gusto, tacto.
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Todo estaba blanco dejándome ciega.
Todo desapareció.
La necesidad.
El calor.
El hambre.
Vista, oído, olfato, gusto, tacto.
Un segundo error.
Un segundo beso.
Vamos, sé honesto.
No era mi segundo error en lo que respecta a esta maldita chica. La había estado cagando desde que ella llegó.
¿Pero eso me detuvo?
Dudé.
Estaba fuera de balance por su beso. Estaba confundida por la desnudez de la habitación. Tenía miedo de lo que estaba a punto de suceder.
— No lo pediré por segunda vez. — Sus dientes brillaron entre labios bien formados. La sombra su barba enmarcaba su boca, reduciendo toda mi atención allí.
En contra mi voluntad.
En contra todo sentido común.
Pika se acurrucó en mi barbilla, frotándome con su cabecita como un gato haría con su persona favorita. Me sacó de mi horrible fijación.
Tragué saliva y me acerqué a Sully.
Solo nosotros dos.
Nadie más.
No Jealousy, sin personal, sin huéspedes.
El aura entre nosotros tarareó con anticipación. Mi corazón chocó con mis costillas.
Su mandíbula se movió cuando me detuve frente a él.
No habló mientras desabrochaba el pequeño broche del arnés y luego envolvía sus brazos alrededor de mí, aprisionando el dispositivo alrededor de mi cintura. La red era suave pero reforzada. Fuerte y totalmente inviolable. Abrochándolo sin apretar alrededor de mis caderas, subió otras dos piezas hacia arriba y por encima de mis hombros, colocándolas entre mis pechos para sujetarlas en el arnés alrededor de mi cintura. Con los dientes apretados, se inclinó y metió la mano entre mis piernas, trayendo dos correas delgadas restantes para enroscar mis muslos internos y sujetarlas a la hebilla central.
Dios.
Se me puso la piel de gallina por su toque. Su respiración se mantuvo superficial y corta como si estuviera peleando sus propias batallas al tenerme tan cerca. Me atreví a mirar hacia abajo, tragando saliva de nuevo ante la excitación de gran tamaño en sus pantalones mojados.
Cerré los ojos mientras apretaba las correas, rozando mis pezones y mi coño con sus manos.
A diferencia del otro día, cuando me empujó contra la mesa de la sala de juntas y me amenazó con mojarme, no tenía por qué desafiarme para demostrar algo.
Había logrado convertir mi cuerpo en un traidor en el momento en que su lengua había tocado la mía.
Y lo odiaba.
Odiaba estar parada frente a él, desnuda y desprotegida, y en lugar de sacarle los ojos y patearle en las pelotas, obedecía, me balanceaba, lo quería.
Me convertiría en un horrendo clon de sus diosas con el cerebro lavado.
— Abre tus ojos. —
Mis pestañas se abrieron de golpe. Nuestras miradas se conectaron. Me mareé al mirarlo.
Azul penetrante.
Azul asfixiante.
Ahogándome, ahogándome, muerta...
Se abrió una puerta al fondo de la habitación. — ¿Señor? — Jealousy estaba en el umbral. El nerviosismo pintaba su rostro, pero se mantuvo firme. — ¿Quieres que termine el proceso? —
Sully la miró por encima del hombro, rompiendo nuestra mirada, permitiéndome vivir de nuevo, reencarnándome en otra existencia traidora. — Soy capaz de prepararla. —
— Sí, por supuesto. No quise decir... —
— Vete. —
Ella asintió y desapareció.
Sin mirarme, Sully caminó hacia el armario a nuestra izquierda. Al abrirlo, sacó un carrito que ya tenía todo lo que necesitaba. Girándome hacia mí, bloqueó las ruedas a mi lado y luego se detuvo. Masticó la indecisión antes de tragar con determinación.
Sin una palabra, examinó el carrito y sus numerosas cajas. Seis en total. Todas negras con una orquídea púrpura estampada en la parte superior. Al seleccionar la primera, sacó un frasco de aceite perlado reluciente.
Esperé mientras desenroscaba la tapa, colocaba el vial hacia abajo para ponerse unos guantes delgados en sus manos, luego vertió una generosa cantidad en su palma.
— Que vas a… —
Sus manos aterrizaron en mis hombros, soltando a Pika, quien se fue volando con un graznido agudo, solo para encontrar travesuras en el carrito, mordisqueando las cajas, murmurando para sí mismo.
Me quedé tan rígida y tallada como las sirenas en su fuente de agua afuera de su oficina mientras sus manos grandes y fuertes untaban aceite sobre mis hombros, mis brazos, mis manos, entre mis dedos y de regreso a mi garganta.
Mantuvo sus ojos en mi cuerpo, vertiendo más aceite en su palma y yendo detrás de mí.
Me tragué un gemido mientras él masajeaba mi espalda, deslizaba su toque por mi columna, manchando cada centímetro de mí con el material resbaladizo. Mis piernas se presionaron juntas mientras él amasaba mi trasero. Echando más aceite en sus manos, se puso en cuclillas y extendió el recubrimiento por la parte posterior de mis muslos, mis tobillos y la parte superior de mis pies. Cuando mi mitad trasera estuvo lo suficientemente cubierta, regresó a mi frente, arrodillándose frente a mí para untarme los muslos delanteros, las espinillas y las plantas de los pies.
Elevándose a su gran estatura, untó el resto sobre mi bajo vientre, hasta mi caja torácica, pechos y clavículas, continuando su tortura hasta que mi frente, pómulos y barbilla también brillaron.
Solo una vez que cada parte de mí brilló con un tono perlado, volvió a colocar el frasco en su caja y se quitó los guantes.
Mi voz era áspera y llena de hambre. — ¿Qué me acabas de poner? —
— Algo que secuestrará tu sensibilidad. —
Fruncí el ceño. — ¿Qué significa eso? —
— Ya lo verás. — Tomando la siguiente caja, sacó una hoja de puntos del color de la piel. Despegando una, ordenó, — Dame tu mano. —
Con vacilación, puse mi palma en la suya. Sus largos dedos me mantuvieron atrapada mientras colocaba con mucho cuidado el punto justo sobre mi huella digital. Continuó hasta que los diez dedos estuvieron cubiertos con la pegatina de tonos carnosos.
— ¿Me dirás qué hacen estos? — El material tipo látex amortiguó mi capacidad de sentir cuando presioné las yemas de mis dedos.
Esbozó una media sonrisa, tensa y fría. — Cambian tu sentido del tacto. —
— ¿Por qué? —
— Tu lo descubrirás. —
Intercambiando cajas, abrió la tercera. Este contenía un tazón pequeño y una botella del tamaño de un enjuague bucal de viaje. Dentro descansaba un líquido azul. Tomando mi barbilla, me sostuvo firme mientras inclinaba la botella contra mis labios.
Inmediatamente, me tambaleé hacia atrás, solo para recordar que llevaba un arnés que me sujetaba al techo.
No podía correr.
No podía negarme.
— No es elixir, — murmuró. — Al menos no todavía. —
— ¿Entonces que es? —
Sus facciones se oscurecieron por la molestia, como si no estuviera acostumbrado a que lo interrogaran. Pero suspiró con impaciencia, dándome una respuesta. — Transforma tu sentido del gusto. —
— ¿Por qué? —
Él se encogió de hombros. — Mi respuesta será la misma para todas sus preguntas. Ya lo verás. — Presionando la botella contra mi boca de nuevo, agregó, — Ahora, enjuaga. No lo bebas. Simplemente haz buches y escupe. — Sosteniendo el cuenco, esperó a que yo obedeciera.
Dejé que el líquido me salpicara los labios. Bebiendo como lo haría después de limpiarme los dientes, escupí en el pequeño cuenco de plata que sostenía. Colocando ambos artículos desechados en el carrito, apartó a Pika del remolino de líquido azul, dándole la tapa de la botella para que jugara con ella.
Lo hizo inconscientemente. Tan cómodamente. Un destello de una sonrisa genuina en su rostro al ver las payasadas del pequeño terror. Hablaba de una relación entre el hombre y el pájaro mucho más profunda de lo que pensaba.
Una vez más, algo tenaz y cruel golpeó mi corazón. Algo que decía: él es diferente. No es lo que piensas.
Estúpido estremecimiento.
Estúpidos pensamientos.
Sully era exactamente lo que pensaba. Un traficante de sexo usando mujeres compradas y atrapadas.
¡No lo olvides!
No seas tan estúpida.
Se abrió la cuarta caja. Sully sacó un tubo delgado. Desatornilló la tapa, se acercó a mí y ahuecó mi nuca. Traté de apartarme, pero él puso el tubo debajo de mi nariz y untó algo fresco y astringente debajo de mis fosas nasales.
No olía a nada.
No destruyó mis habilidades olfativas y todavía me ahogaba en el aroma único de Sully a mar, sol y cocos.
— Si eso tiene la intención de arruinar mi sentido del olfato, no ha funcionado. —
No sabía por qué le había avisado de que no había hecho lo que sospechaba. De hecho, ninguno de sus trucos lo había hecho. Mi piel todavía se sentía como mía. Mi sentido del olfato todavía funcionaba. A las yemas de mis dedos no les gustaban las coberturas, pero no detuvo realmente mi sensación de presión o calor.
— Lo hará. Cuando entres en Euphoria. —
Fruncí el ceño. — Dijiste que estoy en Euphoria. —
Tiró el tubo en su caja, abriendo la quinta. — Lo estás. Pero no es lo que piensas. Estás de pie en la habitación donde tiene lugar Euphoria pero... la ubicación no es física. —
— No entiendo. — Quería seguir repitiendo esa frase.
No entiendo.
No entiendo.
A ti.
Pero Sully perdió toda magnanimidad en responder a mis preguntas y levantó dos pequeños botones. Supuse que eran para mis oídos antes de que su toque electrizante apartara mi cabello e insertara uno en mi canal auditivo.
Se me puso la piel de gallina por los brazos y la columna vertebral, rozando mis pezones y asegurándose de que él viera, bastante visiblemente, lo que me hacía su toque.
Se rio entre dientes mientras se movía detrás de mí, tirando de mi cabello húmedo sobre mi hombro y besando la concha de mi oreja con exquisita ternura. — Podría haber encontrado tu punto débil, Eleanor. — Sus dientes rozaron la piel sensible, apretando mi lóbulo.
Me estremecí.
Una oleada de humedad.
Un nudo de deseo.
Negué con la cabeza desafiante mientras insertaba el segundo auricular. —No te engañes. —
Se rio de nuevo, ondulado y aterciopelado, negro e implacable mientras se aseguraba de que ambos tapones estuvieran apretados y bloquearán mi audición.
Bloqueaban mi audición como lo haría cualquier auricular, pero aún podía escuchar, aún distinguir todo lo que necesitaba.
¿Qué sentido tenía todo esto?
Está enmascarando tus sentidos.
Mi atención se centró en la caja final justo cuando Sully la recogió, abrió la tapa y sacó un recipiente pequeño con dos platos separados atornillados.
Lentes de contacto.
Mi sentido de la vista.
El ultimo.
Tacto, gusto, sonido, oído y vista.
— No quiero nada extraño en mis ojos. — Retrocedí un paso, moviéndome en el aparato que me mantenía atada.
— No te hará daño. — Desenroscó el recipiente de la izquierda, con cuidado de no derramar el contenido.
— Igual no lo quiero. —
— No tienes elección. — Mirando hacia arriba, me señalo el pequeño arnés. — Si tienes experiencia con la inserción de lentes, sea mi invitada. O... puedo hacerlo por ti. —
— Nunca me he puesto nada en los ojos. —
— Bien entonces. — Metió la mano y sacó un lente endeble de la solución en la que se movía. Colocando el otro en el suelo de forma segura, miró a Pika para asegurarse de que todavía estaba entretenido con un trozo de cartón que había triturado de una caja vacía y se acercó.
Su mano ahuecó mi nuca de nuevo, acercándome a él.
Traté de luchar contra eso, pero mi estúpido, estúpido cuerpo hormigueaba por tener el suyo tan cerca. Luché por respirar mientras él apartaba algunos pelos de mis mejillas con los nudillos y luego echaba mi cabeza hacia atrás un poco.
— Relajarte. —
— ¿Relajarme? — Me burlé. — ¿Cómo puedo relajarme en este lugar? —
— Aprenderás a hacerlo. — Su rostro permaneció severo por la concentración. Me concentré en sus dedos a medida que se acercaban más y más, asomándose sobre mi ojo. — Aprenderás a amar aquí. Rogarás por volver. —
— Eso nunca sucederá. — Quería cerrar los ojos y negarme.
— Nunca es un desafío. — Repitió nuestra conversación anterior, y sintiendo mi intención de desobedecer, soltó mi nuca y deslizó su control hacia mi ceja y mi delicada piel debajo, manteniendo mi visión bien abierta. — Quédate quieta.—
Me estremecí cuando dejó caer algo húmedo y horrible sobre mi pupila. Mi ojo boicoteó por la obstrucción. El instinto natural me hizo parpadear una y otra vez, tratando de sacarlo.
Me dejó ir, dándome espacio para aceptarlo.
Levanté la mano para frotarlo, para borrarlo de mi vista, pero él me agarró la muñeca y chasqueó la lengua. — Sácate eso y te ataré las manos. —
Lentamente, la sensación se desvaneció, mi globo ocular aceptó la intrusión. Me dolía un poco y se sentía demasiado grande y arenoso, pero aguanté... porque tenía que hacerlo.
Suspirando incómoda, le permití insertar el segundo, maldiciendo la visión borrosa. La maldad de algo que no quería me cegaba.
— No puedo ver. —
— Lo harás. —
Unos pocos parpadeos más y finalmente mis ojos descubrieron cómo ver a través de la película.
Huh, tenía razón. Todavía estaba consciente de ellos, pero ya no obstruían nada.
Una vez más, quería preguntar cuál era el punto. Todavía podía ver y oír, tocar y oler. ¿Por qué hacer todo este esfuerzo por quitarme los sentidos cuando ninguno de ellos había sido robado?
Dio un paso atrás, evaluándome, bebiendo mi desnudez.
Con una lascivia que dolía con masculinidad, reajustó su erección, haciendo una mueca de dolor. Si lo había excitado tanto estar cerca de mí... ¿por qué me estaba preparando para otro hombre? ¿Por qué no hacer que uno de sus innumerables secuaces hiciera la tarea? ¿Por qué no contratar a una de sus muchas diosas dispuestas a sacarlo de su miseria?
Me sorprendió mirándolo tocándose. Su garganta se movió mientras tragaba saliva. — ¿Quieres algo, Jinx? —
Incliné la cabeza, me costaba respirar. — ¿Por qué haces eso?—
— ¿Hacer qué? —
— Llamarme por dos nombres — Lamí mis labios mientras él estrangulaba su polla, su traje crujía con tela húmeda. —Dijiste que ya no era Eleanor... Yo sería Jinx mientras te perteneciera. Sin embargo…— Me mordí el labio mientras se soltaba y me asaltaba.
Sus grandes manos ahuecaron mi mejilla, untando aceite más profundamente en mi piel. — Sigo haciéndome la misma pregunta. — Presionó su frente contra la mía. — Ya no eres una chica; por lo tanto, no mereces tu nombre. Eres una diosa; por lo tanto, debes responder al título que te doy. — Suspiró con un gruñido. — Parece que incluso yo rompo mis reglas. —
Mis labios chispearon por los suyos. No quería besarlo. Quería que se alejara y se llevara toda su necesidad pecaminosa. Pero también quería ver si lo que había pasado en el baño era real. Si había sido un momento insano de locura de una sola vez, o si tal conexión continuaba ardiendo entre dos personas que nunca deberían haberse conocido.
Nos quedamos allí, pegados el uno al otro, ambos esperando algo.
¿Esperando a qué?
Era un demonio, un monstruo, un dios del pecado, emperador de la lujuria y rey indiscutible del peligro. Y quería que me demostrara que todo lo que había sentido en ese baño estaba mal. Que había estado intoxicada por un beso violento y vibrante que confundía mi sistema nervioso haciéndolo pensar que significaba algo increíble en lugar de algo de lo que debería estar intrínsecamente petrificada.
Con un gruñido ronco, Sully se apartó y metió la mano en el bolsillo trasero. Su mano subió con una botella familiar.
Una botella que contenía la peor brujería que había tenido que soportar.
— No. — Inmediatamente, tropecé hacia atrás, chocando contra el alambre que me mantenía prisionera. — No voy a aceptar eso. —
Se movió lenta, metódicamente, plantándose directamente frente a mí mientras yo tiraba del arnés. Sin apartar la mirada, desenroscó el pequeño frasco y lo levantó. — Esto va a bajar por tu garganta, de una forma u otra. —
— Lo escupiré. —
— Te sofocaré hasta que tragues. — Sus ojos brillaron con mezclilla oscura. — ¿O estás olvidando nuestro primer encuentro y mis métodos anteriores? —
— No lo quiero. —
Se pasó la mano por el cabello como si mi lucha por el control lo aburriera. — Ese no es un argumento válido. —
— Por favor. — Me conformé con la dulzura, con una táctica diferente a la guerra. Pero a diferencia de la última vez, cuando le rogué que se detuviera en el baño, conducida al pináculo del miedo, sabiendo sin lugar a dudas que estaba a segundos de tomarme, no reaccionó.
Mi voz no tenía la vulnerabilidad de antes. Mi por favor no fue de corazón, sino calculado.
Golpeando la botella con el dedo, ladeó la cabeza, su mirada oscura y turbulenta. — Esto hará que todo sea soportable. Lo prometo. —
Un cosquilleo estalló sobre mi piel. Frustración y claustrofobia. Miedo y cautiverio. — Por favor... — Esta vez no fue tan calculado, hizo eco con mis crecientes niveles de pánico.
— Shush. — Extendió la mano, clavando sus dedos en mi cabello mientras se secaba, una ligera sacudida mostró que no estaba tan tranquilo como lo retrataba.
¿Él también lo sentía?
¿Estaba cada vez más borracho con el caos crudo entre nosotros? La sensación de no ser más humano, sino un recipiente para la necesidad reprimida.
Necesidad, miedo y confusión.
— No pienses en lo que será... solo concéntrate en lo que es ahora. —
Temblé cuando una vez más llevó el elixir a mis labios, colocando el líquido venenoso sobre mí. Cerré la boca con fuerza, negando con la cabeza.
— Todo tiene fecha de caducidad, Jinx. La felicidad o las dificultades. Todo es lo mismo. Nada dura para siempre. —
Nuestros ojos se encontraron de nuevo.
Por un segundo, pareció como si me arrancara del arnés y me llevara a algún lugar donde pudiera terminar lo que había comenzado cuando me arrastró fuera de la bañera. Su control se deshilachó en los bordes, mostrando el costo que había tenido esta preparación. Pero luego el hielo congeló su lujuria y, cruelmente, presionó la botella entre mis labios y la inclinó.
El chorro de líquido azucarado con infusión de flores cubrió mi lengua.
Pellizcó mi nariz y se preparó para golpear con la palma mis labios.
Me las arreglé para escupir una pequeña cantidad. Solo un poquito. Me bajó por la barbilla cuando su ira explotó y su mano sofocó mi rostro con furia.
No esperé hasta que casi me desmayara por falta de oxígeno esta vez.
Sabía que no podía ganar.
Me habían enseñado esta lección.
Me había rebelado un poco escupiendo unos miserables mililitros.
Quién sabía si haría alguna diferencia en la longevidad de la droga, pero yo había ganado una pequeña victoria y él ganaría la suya.
Estrechando la mirada, arqueé la barbilla y tragué.
Al instante, me dejó ir como si lo hubiera quemado de adentro hacia afuera.
Estaba muy cerca, su pecho palpitaba con la respiración. Su traje parecía rugido y despeinado por el agua del baño que lo salpicaba.
Su mirada se fijó en el goteo de elixir desperdiciado en mi piel, untado con aceite, destinado a nunca envenenarme.
Una negrura descendió sobre él.
Una decisión en una fracción de segundo que descarriló nuestras vidas y las hizo inconmensurablemente más difíciles.
— Maldita seas. — Lanzándose hacia mí, sus dedos se entrelazaron en mi cabello justo cuando su boca chocaba contra la mía.
***
La puerta se abrió.
Una diosa desnuda salió del baño húmedo con el cuello arqueado, el cuerpo reforzado y un pequeño loro revoloteando a su lado.
Tuve más que una reacción visceral.
Tuve una incineración de anatomía completa.
No conocía a esta chica.
Apenas habíamos hablado.
Apenas nos habíamos tocado.
Sin embargo… Jódeme.
Ella era diferente.
Diferente a cualquiera que jamás hubiera conocido.
Solo que ella me hacía actuar como un monstruo y un idiota a la vez. Solo que ella hacía que mi pulso se acelerara y el sudor empapara mi traje. Solo que ella me hacía enfurecerme por la debilidad y el hambre sexual que causaba.
¿Por qué?
¿Qué la hacía especial?
Y lo más importante... ¿cómo podía detenerlo?
No pude hablar mientras ella caminaba hacia mí. Su mandíbula se apretó y el cabello húmedo aún soltaba gotas brillantes en las puntas, permitiendo que la humedad rodara tentadoramente por su piel impecable.
Chasqueando los dedos, retrocedí, guiándola hacia el centro de la habitación.
Apartando su mirada de la mía, permitió que ganara la curiosidad, escaneando el espacio cada vez más rápido al notar las poleas y los cables, las redes y los extraños artilugios.
Para su mérito, no trató de ocultar su desnudez. Ella era dueña de su carne. Se movía como si llevara un vestido de seda impenetrable.
Pika, el pequeño traidor, permaneció a su lado mientras ella bebía todo de las extrañas instalaciones. Sus pequeñas alas se juntaron con fuerza mientras aterrizaba y le robaba el hueco de su hombro y cuello como su nuevo hogar.
Eso me hizo cosas... ver a un animal que había criado, amado y contado todos mis secretos para mirarme desde el cuidado de otro. Me puso celoso que la hubiera aceptado cuando era tan quisquilloso con las personas que le gustaban. Me cabreó que no fuera tan leal como yo creía.
Y me enojó... porque ¿qué diablos estaba haciendo? ¿Qué diablos estaba sintiendo? ¿Cómo diablos me detenía?
— ¿Qué es este lugar? — Su voz nunca se elevó por encima de un susurro.
Tragué el gruñido que vivía permanentemente en mi pecho a su alrededor. — Esto es Euphoria. —
Ella me miró, provocando que mi polla palpitara y mi corazón se detuviera. — No entiendo. —
Levantando su mano, señaló el equipo que parecía más adecuado para una tropa del Cirque du Soleil que para un destino sexual. — ¿Por qué tienes arneses aéreos? Alambres ¿Poleas? —
— Una fantasía es una fantasía. — Me encogí de hombros como si tuviera mucho sentido. — ¿Cómo puedes volar si estás atrapado en el suelo? —
Su frente se arrugó, incapaz de entenderlo.
Y ella no podría hacerlo.
No hasta que experimentara la esencia de lo que había creado.
El poder transformador de este lugar.
Echó un vistazo a las baldosas desnudas: piedra arenisca a la venta sin alfombras ni tapetes. — ¿Dónde está la cama? — Ella frunció. — Dices que aquí es donde la gente viene a... — Ella se calló.
Terminé por ella. — Mis diosas y huéspedes vienen aquí a follar. Y tienen la mejor experiencia de sus vidas. —
— Pero...— Ella frunció el ceño. — No hay nada suave en este lugar. —
— No todavía. — Chasqueando los dedos de nuevo, junté las manos detrás de la espalda mientras dos miembros del personal entraban corriendo. Dos jóvenes que mantenían la vista apartada de la desnudez de Jinx y se apresuraban a abrir los numerosos armarios que bordeaban la habitación. Agarrando brazos llenos de pieles, leonados y grises, blancos y moteados, corrieron hacia nosotros en el centro y arrojaron los brazos a nuestros pies.
Otro viaje y un montón de pieles más tarde, desaparecieron tan perfectamente como habían llegado.
Arqueé mi barbilla ante el mar disperso de pieles y arqueé una ceja. — Ahí está tu suavidad. —
Eran adecuados para la fantasía de Markus Grammer.
Apoyos por así decirlo.
Ella tocó una piel de aspecto astuto con el dedo del pie.
— ¿Falso, supongo? —
— Por supuesto. — Asentí.
— ¿Pero por qué? ¿Por qué no ropa de cama y colchones y la mazmorra de juegos habitual que la gente espera en un burdel o club? —
Me moví hacia ella.
Ella dio un paso atrás.
Avancé de nuevo, pisando el montón de piel de felpa. Mi ropa empapada se pegó mojada a mi piel sobrecalentada. —
Esta vez, ella no se movió. Su estómago se revolvió con el aliento y apretó las manos mientras yo tocaba su mejilla.
— Porque eso es normalidad, Eleanor Grace, y yo trato con mitos. —
Ella se estremeció cuando le pasé el pulgar por el labio inferior.
Se quedó sin aliento.
Y casi rompí mi control de nuevo.
Sangré con una necesidad tan feroz que luché por respirar.
Casi la tiro al piso de cueros y la follo.
Pero no iba a tirar todo lo que había creado. Ella me había robado bastante. Ella ya no lo tendría más.
Retrocediendo, presioné un botón en mi teléfono.
Un pequeño zumbido apareció cuando un fino cable conectado a un delicado arnés descendió del techo. Al verlo, permití un estudio final de su belleza de otro mundo y luego gruñí, — Ven aquí. Te mostraré cómo funciona Euphoria. —
***
Mis rodillas cedieron.
Me derrumbé en el suelo, agarrándome a la bañera mientras lo hacía. El pequeño loro llamado Pika se posó en mi hombro desnudo, sus diminutas garras se clavaron en mi piel. Trinó y chilló, acicalando mi cabello con su pico.
Todo lo que pude hacer fue sentarme.
Estupefacta. Aturdida. Conmocionada hasta la médula.
Resultó que mi fuerza de voluntad era una mierda.
Encontré a Jealousy en la sala de realidad virtual, sentada en el sofá junto a la pared, leyendo algo en su lector electrónico. — ¿Está lista? —
Sacudió la cabeza, separándose de cualquier material que encontrara fascinante. — La dejé allí hace unos quince minutos. Le dije que se tomara su tiempo. —
Asintiendo, deliberé simplemente irme.
Todo el día había existido en un estado de pánico, terror, náuseas y claustrofobia.
La isla ya no tenía el poder de distraerme con su mar sublime y su calor reconfortante. Después de huir de los huéspedes en la playa, me acurruqué frente a mi puerta y me quedé dormida. Emocionalmente exhausta, estaba decidida a no dejar ese lugar nunca más.
Sin embargo, cuando me había despertado, una bandeja de cena con una piña tallada con un delicioso arroz frito y tempeh había sido entregada en la mesa de afuera. El conocimiento de que la puerta de mi villa no era la única forma de entrar me recordó una vez más lo vulnerable que era.
— ¿Señor? —
Levanté la vista de un correo electrónico de texto lleno de teorías, fórmulas y preguntas de mis científicos sobre a dónde ir con mi último brebaje. Esta droga no era por placer ni por control. No era para uso personal o beneficio económico. Esto era puramente filantrópico: una cura para el cáncer.
Muchas de las grandes farmacéuticas gastaban más dinero en presionar a las industrias gigantes que promovían el cáncer que causaba los alimentos y el estilo de vida en lugar de invertir en equipos para curarlo. En sus mentes, la enfermedad era excelente para sus resultados. Beneficio, beneficio, beneficio. En mi mente... les debía un poco de buen karma por todo lo que me había convertido.
—Entoncesss... eso fue extraño. — Jealousy sonrió, acercándose para que su voz no persiguiera a Sully mientras desaparecía. — Estoy haciendo todo lo posible por no preguntar, pero no lo había visto actuar así con una diosa antes. ¿Quién eres tú, Diosa Jinx?
Me aparté. No me oponía a los amigos, y definitivamente quería una red de personas con las que pudiera hablar y planear una salida de aquí, pero no confiaba en que ella no fuera como las otras chicas. Con el cerebro lavado y encaprichado por su señor y amo.
Con un nombre como Jealousy, dudaba que su dulce sonrisa y su apariencia acogedora fueran reales. Probablemente era una maestra manipuladora.
Hice una elección.
Quizás no la correcto, definitivamente no la más fácil, pero una que aseguraría que Eleanor seguiría con vida y yo seguiría cuerdo.
Pronto, podría aliviar mis necesidades con una chica que no se abriera camino debajo de mi piel. Pero por ahora, me envolvería en un autocontrol impenetrable y me conduciría con el mismo desapego que tenía con todas mis diosas.
Knock, knock, knock.
Me estiré con molestia donde yacía bajo la vela del sol en la cubierta fuera de mi villa. Había pasado una mañana tranquila escondiéndome de las diosas risueñas y tormentosos idiotas, haciendo todo lo posible para tramar una vez más un camino hacía la libertad.
Me había apoderado de la papelería proporcionada en el cajón de la mesita de noche y dibujé un mapa de la isla desde mi memoria. Hasta ahora, había encontrado el eje central donde residían el restaurante y las instalaciones principales, también un lugar a evitar, gracias a su naturaleza acogedora para que los huéspedes se mezclaran y Sully para reinar como un tirano.
PARA: 89082@GMAIL.COM
De: S.Sinclair@goddessisles.com
Asunto: Una alternativa
Hola,
La empleada reciente que enviaron no es adecuada. Por favor envíen exactamente lo contrario... para que pueda dejar de hacer el ridículo ...
Había encontrado el harem.
Después de que nadie viniera a reclamarme, y me había aburrido de flotar en el océano, regresé a mi villa, me duché, me vestí con las abundantes opciones de cosas veraniegas del guardarropa y luego salí a dar un paseo.
La isla adquiría una dimensión diferente una vez que se ponía el sol.
Nadar no era mi única forma de ejercicio.
Tenía pesas en mi villa. Corría por la arena suave que rodeaba mis costas. Usaba regularmente el paisaje de ladera escarpada y la pared rocosa, salpicando la cascada y escalando grietas resbaladizas para esculpir y pulir músculos que podrían aflojarse sin uso.
Pero ninguna de esas actividades podía limpiar el desorden dentro de mi mente como lo haría el océano.
Ayer nadé hasta que apenas pude arrastrar mi cadáver desde la marea.
Después de la manía de las últimas treinta y seis horas, Sully me dejó sola y reinó la paz.
No me moví de esa mesa cargada de comida en toda la tarde, tomándome mi tiempo para comer lo que podía de cada plato. Cuando me sentí llena, hice una pausa y acurruqué mis piernas para ver el sol dorado brillar en el agua turquesa, destellando como diamantes en mis ojos.
Cuando me dio sed, bebí de la jarra helada de agua con infusión de menta y mango que había encontrado en la cocina. Y cuando volví a tener hambre, volví a probar, quejándome a menudo por la explosión de sabores y apreciando las obras maestras culinarias de la cocina.
— Sinclair, ¿tienes un momento? —
No me detuve, merodeando por el camino principal que unía la villa del restaurante con la playa que alberga deportes acuáticos y tumbonas.
Me había alejado del alojamiento de Eleanor con solo una cosa en mente: alejarme de ella lo más lejos posible.
No solo me habían alejado de Scott y de la normalidad, arrojado a una isla que podría haber sido el paraíso en la tierra si no fuera por el propietario trastornado, pero también había terminado de alguna manera en una dimensión paralela.
Un universo paradójico.
Esa era la única explicación de cómo me había inclinado sobre una mesa de la sala de juntas con los dedos de Sully dentro de mí como castigo esta mañana, para ahora mirarlo sobre una mesa cargada de platos, cuencos y todas las delicias del planeta esta tarde.
— Sus niveles son peligrosamente bajos. Su hierro, glucosa, sodio... están muy por debajo de lo que se requiere para una mujer de su altura y peso. — El Dr. Campbell se quitó los guantes y se volvió para girar su silla hacia mí.
El frasco que contenía la sangre de Eleanor yacía abandonado en la máquina centrifugadora. Las gotas que había probado brillaban todas en diferentes etapas del experimento en tubos de ensayo y en porta-objetos del microscopio.
Nunca había sido una gacela atrapada en una jaula con un león antes. Nunca había sido un jerbo alimentado a una serpiente, solo esperando a que se abalanzara. Pero sabía exactamente cómo se habrían sentido esas pobres criaturas mientras esperaba a que Sully Sinclair se rompiera.
Su espalda se tensó debajo de su traje inmaculado. Sus puños nunca se abrieron a los costados mientras mantenía su mirada fija en la puerta, como si de alguna manera pudiera ser arrancada de sus bisagras y usada como un arma contra mí.
Ninguno de los dos dijo una palabra. El silencio entre nosotros se volvió más agudo y mortal que cualquier cuchillo o hoja.
Había tenido razón al desconfiar de mi intensa reacción hacia ella ayer cuando estaba sucia y exhausta por su llegada. Al verla acercarse hacia mí con su espina dorsal majestuosa y la cabeza con su corona invisible de dignidad y diamantes, la hechice de nuevo por la forma en que mi polla se hinchó y se sentó en plena atención.
Se había lavado el cabello y el chocolate amargo brillaba como cacao fundido. Finas hebras rojas ardían como fuego, brillando al sol. La longitud era más larga de lo que había supuesto, ahora que los enredos y nudos se habían alisado, permitiendo que la gruesa cortina enmarcara su rostro y colgara intoxicantemente por su espalda.